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¿Qué es lo que hay detrás de mí? No lo sé, nada supongo. Te equivocas, no lo reconoces porque nunca lo has sentido, es ese espesor. ¿Qué espesor? Ese que recorre tu cuerpo cuando tienes miedo, hambre o tristeza. No sé de qué me estás hablando. No lo sabes porque tú no sientes. Claro, y tú crees sentirlo todo verdad, las sensaciones se agolpan a ti como si no existiera otro ser humano a quien acongojar, alegrar o persuadir, quién te crees. Soy incapaz de creerme, soy incapaz de hablarte de lo tangencial, si te atreves, puede contarte algo acerca de lo que es sentir. Como quieras.
Lo primero que debes saber es que sentir está lejos del orden que impone la cordura, es mucho más allá de no ser racional, y por ende, no tiene relación con lo irracional, no. Sentir se construye en un mundo aparte, que no juzga entre lo abstracto y lo concreto, sino que se atreve a perpetuar una extraña y desgarradora fusión entre lo que ocurre allá y lo que me está pasando acá. Sentir es un límite entre el decir, el escuchar y el entender, son todos ejes de un mismo trazo que se propone enviar información al estómago.
¿Al estómago? Sí, al estómago. Este sitio es el segundo punto que quiero explicarte, este corresponde al albergue donde desembocan cada una de las fusiones originadas por el hacer concreto y el entendimiento abstracto. El estómago es una especie de jefe, él es el que finalmente decide con qué rostro debemos dotar aquello que trascurre en el allá y en el acá. Es el que da la última palabra entre llorar y reír, entre hablar o callar, entre vivir o morir.
Algo alcanzo a entender, ¿podrías ser más claro? Podría sí, pero no creo que sea necesario, pues mi estómago dice que me estaría esforzando en vano, que explicarte todo el proceso de lo que elabora un sentimiento, para ti, sería materia perdida. Que muy poco logras vislumbrar hacia dónde se dirige la disyuntiva del sentir y el hacer, que no van de la mano, que no puedes hacer como que no existe, que no intentes disimularlo, que no le faltes el respeto a tu estómago, que sentir no es peyorativo como tú crees, que sentir no te hace más débil frente a nadie, que sentir jamás será suficiente si no te atreves, precisamente, a sentirlo. Que sentir es descubrir y que tú… tú no estás hecho para eso.
Lo primero que debes saber es que sentir está lejos del orden que impone la cordura, es mucho más allá de no ser racional, y por ende, no tiene relación con lo irracional, no. Sentir se construye en un mundo aparte, que no juzga entre lo abstracto y lo concreto, sino que se atreve a perpetuar una extraña y desgarradora fusión entre lo que ocurre allá y lo que me está pasando acá. Sentir es un límite entre el decir, el escuchar y el entender, son todos ejes de un mismo trazo que se propone enviar información al estómago.
¿Al estómago? Sí, al estómago. Este sitio es el segundo punto que quiero explicarte, este corresponde al albergue donde desembocan cada una de las fusiones originadas por el hacer concreto y el entendimiento abstracto. El estómago es una especie de jefe, él es el que finalmente decide con qué rostro debemos dotar aquello que trascurre en el allá y en el acá. Es el que da la última palabra entre llorar y reír, entre hablar o callar, entre vivir o morir.
Algo alcanzo a entender, ¿podrías ser más claro? Podría sí, pero no creo que sea necesario, pues mi estómago dice que me estaría esforzando en vano, que explicarte todo el proceso de lo que elabora un sentimiento, para ti, sería materia perdida. Que muy poco logras vislumbrar hacia dónde se dirige la disyuntiva del sentir y el hacer, que no van de la mano, que no puedes hacer como que no existe, que no intentes disimularlo, que no le faltes el respeto a tu estómago, que sentir no es peyorativo como tú crees, que sentir no te hace más débil frente a nadie, que sentir jamás será suficiente si no te atreves, precisamente, a sentirlo. Que sentir es descubrir y que tú… tú no estás hecho para eso.
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