Muchas veces cuando leemos podemos sentirnos identificados con las historias de los personajes, los tiempos, los espacios; pero en muy pocas ocasiones nos preocupamos de ahondar en ciertos elementos o detalles mínimos de la obra literaria. Pareciera que los lectores estuvieran más preocupados de terminar de leer el libro que comprender la magnitud de lo que se está narrando. Y es que, no basta con entender la idea general del texto, sino también recordar que éste es un producto cuya riqueza es la interpretación y el sentido que como lector se le puede dar.
Entablar una buena relación con el texto literario significa atender al conjunto de líneas textuales, intratextuales e intertextuales, que actúan la mayoría de las veces de manera tácita y que para captarlas es fundamental una lectura atenta a lo que el texto propone. Tomando en cuenta esto, mi idea es que cada lector debe hacerse cargo de sus lecturas a partir del lugar en que se encuentra y de su propio conocimiento de mundo. Desde esta perspectiva nos encontraríamos con que no hay ni buenas ni malas lecturas, sino diversidad de apreciaciones que funcionan según la conexión y participación que cada individuo tenga con su entorno.
Con todo esto, se abre la entrada al universo lector para que realice sus lecturas e interpretaciones acerca de una obra literaria como mejor le parezca. Sin embargo, me interesa ver este ejercicio desde un plano más “profesional”, si es que se le puede llamar así, el cual considera la figura y “legalidad” que posee la actividad del crítico literario. Mi interés se debe a que en el crítico literario están depositadas muchas veces, las motivaciones que cada lector puede tener a priori su encuentro con el texto. En otras palabras el crítico no sólo da constancia de lo que se está comunicando en la obra literaria, sino que también introduce su propia visión de mundo en sus reflexiones, da su opinión, discute, llega a consenso, etc.
Por esto creo que es importante el papel del crítico, pues se quiera o no, funciona como una especie de filtro entre lo que el autor dice y lo que el lector entiende. Además, es capaz de enfrentarse al texto de diversas maneras, permitiendo con ello, ampliar el campo de significación y construir una nueva lectura a partir de ciertos códigos históricos, políticos y sociales que se articulan dentro y fuera de la obra literaria.
Considerando entonces, que cada crítico se enfrenta de manera distinta a la literatura, y que en esta variedad radica la influencia que puedan tener o no sobre el público lector, me propongo estudiar la forma en que Piglia en Crítica y ficción entiende la actividad del crítico.
Por un lado, el autor concibe la crítica como una especie de autobiografía encubierta que, como se señala en el párrafo anterior, tiene que ver con la actualidad en que habita el crítico y las vinculaciones que tiene su tiempo de escritura sobre el tiempo y el espacio que posee el texto al que se refiere. “El crítico es aquel que reconstruye su vida en el interior de los textos que lee. La crítica es una forma postfreudiana de la autobiografía. […] Y digo autobiografía porque toda crítica se escribe desde un lugar preciso y desde una posición concreta” (Piglia, 2001)
Por otro lado, Piglia establece una semejanza entre el crítico y el detective, cuya tarea se resume en ir tras las pesquisas de cada idea o tema que sugiera la obra y desarrollarlo de manera que se amplíen los límites que interpone el texto. Es decir, el crítico al encontrarse con las múltiples líneas textuales de una novela, establece una opinión que va más allá del camino literal de la obra, puesto que no sólo consideraría las ideas evidentes de ésta, sino también las que se escabullen dentro de aquellos detalles que parecen menores e inverosímiles. “En más de un sentido el crítico es el investigador y el escritor es el criminal. Se podría pensar que la novela policial es la gran forma ficcional de la crítica literaria.” (Piglia, 2001)
El planteamiento de Piglia propone por una parte, que en el proceso de hacer una crítica literaria se encuentra implícito un ejercicio narrativo, el cual maneja una serie de elementos que dejan de ser simplemente teoría y se instalan desde un plano que los configura como si se tratara de un relato paralelo al que lo convoca. Por ésta razón, salta a la superficie la inevitable relación que existe entre el crítico y el curso que éste le entrega a su ejercicio, dejando entrever ciertas líneas discursivas que acusan la influencia de un espacio y tiempo determinados.
En otras palabras el critico literario construye su “relato” en base al desplazamiento de sus saberes, que van más allá de la obra de la que pretende hablar, terminando por instalarse en planos ideológicos, sociales, políticos y también literarios. Por lo tanto, es la historia personal y la historia intelectual del crítico, las que se fusionan para darle matices y nuevas interpretaciones a su actividad narrativa.
Ahora bien, para que se realice dicha actividad, es necesario considerar la faceta del crítico en tanto detective. Puesto que a través de las huellas o marcas que en el trayecto de la lectura se van encontrando, es posible ir recomponiendo un espacio discursivo que no sólo se atiene a lo ya dicho, sino que considera e incluye la subjetividad del critico y la posibilidad que tiene éste de sellar con verdad o falsedad su relato. Este juego entre lo verdadero y lo falso lo permite la idea de ficción que señala Piglia: “La ficción construye enigmas con los materiales ideológicos y políticos, los disfraza, los transforma, los pone siempre en otro lugar” (Piglia, 2001)
En el fondo, el trabajo del crítico consiste en ocupar un espacio que carecía de sentido dentro de los límites de la obra literaria. El critico en tanto “descubridor de enigmas” es quien tiene el peso y la responsabilidad de concluir la historia que comienza en la actividad del escritor. Por este motivo es fundamental que los argumentos del crítico sean sólidos y reconocibles dentro del texto, independiente de su carácter verídico o no, ya que a partir de estos se construye el puente que comunica al escritor con el lector.
Un caso que me parece interesante mencionar corresponde a la entrevista realizada por Vania Barraza a Andrea Maturana, en la cual una de las preguntas tenía que ver con la lectura que la historiadora Margaret Crosby había efectuado de su novela El daño:
“Con respecto a las negaciones históricas, acerca de El daño Margaret Crosby — en su artículo “La traición paterna y el incesto en El daño de Andrea Maturana”— observa en el relato una “alegoría política que muestra la correlación entre el abuso sexual y la violencia durante la dictadura de Pinochet” (Barraza 2007)
Ante esta interrogante las palabras de Maturana fueron las siguientes:
“Puede ser alegórico de muchas cosas, pero lo que yo escribí fue la historia de una amiga. Ahora, me parece interesante porque en el fondo yo siento que es lo mismo. Cuando escribo No decir también siento que estoy escribiendo en cierta medida la historia de Chile, en la medida en que no nombramos; no decimos cuáles fueron las cosas que se hicieron, quién las hizo y cómo se hicieron. Entonces, la herida sigue sangrando.” (2007)
Esta entrevista permite ejemplificar los planteamientos de Piglia, ya que Margaret Crosby es quien desempeñaría el papel de detective, que a través de pistas como: la violación, el abuso de poder, la etapa postraumática, entre otras, es capaz de reconstituir una nueva matriz de El daño, pero que ésta vez posee claras implicancias con un episodio histórico concreto, que habla de la dictadura en Chile y de sus consecuencias, tanto a nivel colectivo como individual.
Por otra parte, el trabajo de Crosby además de funcionar como proceso de investigación, posee el carácter autobiográfico que propone Piglia, puesto que realiza un estudio sobre la base de un episodio real, que incumbe no sólo a los individuos de una nación específica, sino que también a todos aquellos que fueron, son y serán parte de sucesos donde el abuso de poder, la violencia y el trauma, sean sus principales componentes.
Ahora, si bien, Maturana reconoce que esta lectura no fue la que motivó su novela, se muestra abierta a la posibilidad de ampliar el significado de ésta, a partir de las nuevas reflexiones que se vayan configurando en tanto se descubran más y más pistas ocultas en El daño. Esto concluye que el trabajo de Crosby resultó efectivo, pues al desentrañar las lecturas implícitas en la novela de Andrea Maturana, permitió que su rol como mediadora esclareciera los vínculos entre escritor y lector, los cuales como ya hemos visto, tienen que ver con un sentir social, con el que muchos se identifican y que por lo mismo pudiera motivar la lectura de El daño, ya sea por el encuentro con el sentido literal, como por el encuentro con el sentido figurado que sólo pudo concretarse gracias a la perspicacia de un crítico con complejo de detective.
Sólo queda agregar que no se trata de buscar huellas o pistas donde no las hay, es importante recordar que el trabajo del crítico no debe caer en las sobreestimaciones, en exacerbar la significación y relevancia de zonas del texto literario que pudieran no ser tan fecundas. Lo principal es que sean capaces de legitimar sus lecturas mediante la solución concreta de los enigmas que presenta el texto. Además, tampoco es bueno abusar de los sentidos e interpretaciones que ya se han trabajado en una novela, pues este exceso puede comprometer la obra en sí misma, en cuanto llegue incluso a “hostigar” a sus lectores más fervientes.

Referencias bibliográficas
Piglia, Ricardo. Crítica y Ficción. Anagrama, Barcelona, 2001
Revista Grafema. Entrevista: Vania Barraza Toledo, Central Michigan University. La palabra tiene algo de magia negra y blanca: entrevista a Andrea Maturana. Febrero 2007. Última actualización: Septiembre 2008.
http://www.utpa.edu/dept/modlang/grafemas/febrero_07/vania.html



Leo a Cortázar y me explico por qué las personas tienen una visión distinta de los acontecimientos. Mis ojos me pertenecen y con ellos me pertenecen también cada uno de los objetos que despiertan mi sensibilidad, que no son los mismos que los tuyos, ni los de ellos,no.
Nuestra visión se motiva en lo que somos y así, siguiendo nuestras ideas más intrínsecas, somos capaces de retratar ocularmente las subjetividades que la mente nos teje en silencio.



"Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que llaman la madurez, el hombre hecho y derecho). Por un lado alcanza lejos, por otro no ve una lámpara a dos pasos. Y ya no hay nada que hacer, como dicen los reos, una es favorito de esto o aquello. En esta forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo, sin por desgracia darle tiempo a saber qué,

le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares,

la sospecha de que más allá, donde ahora veo el aire

limpio,

o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción,

yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro

me estoy esperando inútilmente." (Rayuela, capítulo 84)

Queridos lectores:

Les cuento que he decidido volver. Sé que he estado muy dispersa este último tiempo, pero siento que es hora de retomar el blog.

Espero que me lean nuevamente.

Soy Pepa.

Wena Pepa!!!

Y el trabajo de curri?

Pepa!!!!

En el oscuro tramo que separa tus ideas de mis sentidos
Se alimenta la esperanza incierta de un cambio en los roles
Algo así como ubicar las faldas en tu contorno
Y dejar tu poder ante la más fría intemperie
Algo así como ponerme tus pantalones
Y gozar por un minuto,
de la gracia extrema de poder decir que no.

Quisiera que la falda te cubriera de debilidad
Y que entendieras por qué me nace correr a tu lado
Quisiera que los pantalones dotaran de firmeza mis decisiones
Y que entendieras por qué debes estar cuando te necesito...

Que si no quieres, entonces yo tampoco
Que si no llamas, entonces yo no debo
Que si no vienes, entonces me desespero
Que si no me amas, entonces yo me muero.

Breve extracto de una experiencia personal que halla su punto de fuga en el choque con realidades literarias, sociales e históricas...

La herida dejará una cicatriz.
La cicatriz no se borrará.
No se olvidará la herida.
La cicatriz nos dejará señalados.
(Millán. Fragmento 64, 110. La Ciudad)

En la mañana del sábado 17 de mayo partimos rumbo a Curicó, el día poco a poco se fue nublando hasta terminar en una fuerte lluvia. Cuando ya íbamos llegando a la ciudad, le pedí a José, pololo de mi prima, que se desviara para sacarle fotos a la cárcel y para detenernos en el cementerio. José es nacido y criado en esa zona, por lo tanto se maneja bastante bien con los lugares y direcciones. Pasamos lentamente por la cárcel y apenas saqué la cámara para fotografiar, los militares que vigilan desde las altas casetas, salieron por la ventana a mirarme. Un poco temerosa por lo que pudieran hacerme o por estar infringiendo una ley que desconocía, me apuré en sacar fotos y subí a la camioneta prácticamente cuando ésta estaba andando.
A unas dos cuadras de la cárcel, para ser más precisa en la calle Freire nº 55, estaba el cementerio de Curicó. Como José conocía más el lugar, le pregunté si sabía de algún monumento que estuviera en memoria a los desaparecidos, me respondió que no, pero que consultaría en la oficina del administrador. Casualmente la oficina estaba cerrada, y la única persona que podía ayudarnos era una mujer de edad avanzada, muy arropada, sentada afuera de los baños del cementerio. José se acercó a hablar con ella, y a su regreso nos señaló el lugar en el que estaba dicho monumento. Y ahí lo vimos, estaba en el centro de un sector muy verde, rodeado de otras tumbas, con muchas flores y una llamativa corona de la CUT. Le saqué fotos, pero la verdad es que pensé que me encontraría con algo más magnífico, similar al muro que hay en el Cementerio General de Santiago.
Ya saliendo del cementerio, la misma mujer que nos había señalado el lugar del monumento nos retuvo para preguntarnos cuál era nuestro interés acerca de los detenidos desaparecidos. Yo me acerqué y le conté que estaba haciendo un documental sobre ese tema y que por esa razón había ido a fotografiar el lugar... me percaté que había lágrimas en sus ojos, y antes de decirle algo, ella comenzó a hablar.
Yo le puedo decir muchas cosas acerca del golpe militar...
¿En serio?, ¿Podría contármelas ahora? ¿Podría grabarla?.
Yo puedo hablar, pero no doy mi nombre... déjeme contarle la historia y después me graba...
(Yo no entendía como iba a grabarla después de que me contara la historia, pues me imaginaba que perdería la emoción del primer relato. De todas formas acepté sus condiciones.)
Esa mañana fui a trabajar igual que todos los días, como era de costumbre sintonicé la radio Portales, la mayoría de las informaciones tenían que ver con el golpe de Estado. La verdad es que ese tema me parecía distante, pensaba que algo debieron haber hecho los partidarios de la Unidad Popular para provocar a los militares. Mis nociones acerca de lo que pasaba en Santiago eran muy poco exactas, y prefería que fuera así, después de todo lo único que realmente me interesaba era cuidar de mis hijos.
De pronto escuché que daban un mensaje para los habitantes de la villa Pablo Neruda de Reñaca Alto, ese era el lugar donde yo vivía. Según esa información se decía que todos aquellos que tuvieran documentos de la JAB (distribuidora de alimentos de mi comunidad), debían concurrir a la Intendencia de Valparaíso. Yo no tenía nada que esconder, así que reuní todos mis documentos y fui al lugar señalado junto a mis hijos. Luego de una larga revisión a los papeles que llevaba, me retuvieron en ese lugar. No entendía qué pasaba. Mis hijos tenían hambre y yo debía volver al trabajo, le comuniqué todo esto al militar que parecía tener un mayor rango, y me respondió que no era necesario avisar a nadie. En ese momento empecé a vivir el terror.
“Sígame” me ordenó un joven soldado, apreté las manos de mis hijos, y caminé con ellos hasta el infierno. Pasamos por un túnel muy oscuro y de pronto llegamos al buque Prat. “Baje por aquí”, las escaleras eran eternas, y al pisarlas sonaban como un grito desencarnado. Entramos por una puerta, todo era demasiado oscuro. Allí me encontré con otras cuarenta personas, todos estaban tan asustados como yo. Pasaron las horas, nadie hablaba, había dos militares cuidando la puerta de entrada... ¡como si alguien se hubiese atrevido a enfrentarlos!. De pronto mi hija se puso a llorar, le pregunté que le pasaba y me respondió que quería ir al baño, con duda y mucho temor, me acerqué a uno de los militares para contarle lo que le pasaba a mi hija, éste comenzó a reírse. Después de mucho suplicarle ayuda, lo único que recibí fue una bofetada que me dejó inconsciente hasta el otro día.
Desperté y mi rostro olía a sangre seca, mis dos pequeños me miraban asustados. Observé a la gente que estaba a mi alrededor y descubrí que nadie se había sorprendido con la cachetada que me habían dado. Probablemente muchos de ellos ya habían pasado por ese rito de iniciación. Se notaba que las otras familias tenían tanto miedo como yo, había hombres muy bien vestidos, y lo crecidas que estaban sus barbas indicaban que estaban allí hace ya varios días. Había niños que eran más pequeños que los míos, había otros que aún no salían del vientre de su madre y ya estaban conociendo las atrocidades del hombre. Sumergida cada vez más en un pesimismo irritante sentí el sollozo de una joven. Guiada por el llanto silencioso la encontré, recogida, con sus manos apretando fuertemente sus piernas, y la cabeza hundida entre las rodillas. Tenía el cabello oscuro y muy largo, de piel morena, su contextura era delgada pero... levantó el rostro y me miró fijamente, asustada hice como que miraba hacia otro lado, y no le quise dar mayor importancia... al poco rato llegaron tres militares a darnos agua con petróleo, esa era nuestra única merienda. Nos contabilizaron y luego desaparecieron entre murmullos y risotadas.
No me di ni cuenta como aguantamos otro día más en ese lugar, mis hijos pasaban gran parte del día escondidos en mis faldas, mientras tanto yo, trataba de recordar el nombre de un oficial conocido que quizás podría prestarme ayuda. Pensaba que algo harían en el trabajo para rescatarme, yo nunca faltaba y menos sin avisar, el día que me tomaron detenida le avisé a mi jefe que debía ir a la Intendencia, y me daba esperanza saber que al menos una persona tenía conocimiento de mi último paradero. Así continué, especulando distintas formas de rescate afortunado, donde lograba salvar a mis hijos y recuperar la vida normal que siempre tuve... hasta que el llanto de la joven detuvo mi frágil momento de optimismo. La miré con más detenimiento y entendí cual era la razón de su llanto... estaba embarazada, a saber por el tamaño de su abdomen, debe haber tenido unos 7 meses de gestación. Sentí pena por ella, me acerqué dejando a mis hijos abrazados y conversamos largo rato. Su nombre era Alicia, apenas tenía 19 años. Me contó que el mismo día que fue detenida perdió a su pareja y padre de su hijo, este hombre era militante activo del partido comunista y los militares no tuvieron piedad en asesinarlo a sangre fría. La joven estaba hacía cuatro días allí, y a pesar de su estado de salud, no había recibido ni una mínima ración de comida. En el momento en que lograba estabilizar el ánimo de Alicia, sentí que alguien abría la puerta, corrí hasta donde estaban mis hijos y me dejé caer. Nuevamente agua con petróleo, no me atrevía a reclamar, pues no quería otro moretón en mi rostro.
El cuarto y quinto día la desesperación aumentó, no sabía como calmar el hambre de mis hijos, encontré un “tacho” de fruta en conserva y les pedí a mis niños que orinaran allí. La primera en hacerlo fue mi hija... ignorando cualquier tipo de repugnancia, le ordené que se bebiera sus orines. Lo mismo hizo mi hijo. Lo mismo hice yo... la sed se calmó. Al rato mis hijos lograron dormirse y yo comencé mi viaje hacia la salvación soñada. Casi por arte de magia recordé el nombre del oficial que conocía hace un tiempo y guardándome todo el odio y recelo hacia el militar que me había golpeado me dirigí hacia él. Le di el nombre del oficial y me miró extrañado: “¡espérate aquí!, ¡si me estay mintiendo mato a tus huachos!”, miré el suelo. Luego de unos momentos volvió el mismo militar y vi que a sus espaldas estaba el oficial que podría salvarme. Quise abrazarlo pero comprendí en su mirada un dejo de alejamiento y repulsión, me saludó guardando todas las proporciones y me entregó un pan con mantequilla... “por el momento no puedo hacer más”... me retiré y le repartí el pan a mis hijos, entendiendo de antemano que ya no contaba con la ayuda del oficial.
A la mañana siguiente me desperté con los gritos de Alicia, había cuatro militares a su alrededor y uno de ellos ordenaba a los otros que le dieran puntapiés en el vientre. La joven gritaba despavorida de dolor, los soldados gritaban de risa. “Basta” dijo uno de ellos, y los salvajes comenzaron a retirarse. Era como vivir en un mundo aparte. Nadie salía en defensa del otro, todos descansaban en su propia cobardía para así salvar lo que les quedaba de humanidad. Alicia sangraba y mientras trataba de limpiarle la sangre, me di cuenta del horror de la golpiza... el cuerpo del bebé colgaba por su vagina... morado, muerto... La muchacha lloraba y me pedía que la dejara sola, que moriría en cualquier momento, yo lo sabía... Inundada en sangre la mecía entre mis brazos, le decía que tuviera fe, que Dios era muy grande y que la salvaría... Alicia casi no hablaba, balbuceaba palabras sin sentido y su rostro palidecía cada vez más. Aún no comprendo como pude ocultar la pena que sentía por ella, tampoco sabía cómo aguantaba ver su sangre, la cual en otro momento de mi vida me habría hecho desmayar, menos entendía como le había dado los orines a mis hijos... para qué decir que nunca entendí como fui a convertirme en parte de la tortura...
Los que quieren seguir leyendo, escríbanme a mi correo.

Si te acercas a ese mínimo espacio en el que mis células se mueven, podrás entender que lo que yo hablo no es una simple queja ante lo obvio de la vida, es mucho más que eso...Si te acercas un momento a ver que ya no estoy como estaba ayer, sabrás interpretarlo como mi primer acto de rebeldía reprimida, que ya no es más ese silencio tortuoso de estar escondida y ser vista al mismo tiempo...Si te acercas por un instante y reconoces en los recovecos de mi mente una luz de decepción, de seguro concluirás que mi pena es mucho más que eso que tu creías importante, que es mucho más que eso para lo cual no estuviste...Si fueras capaz de acercarte a la privacidad de mi corazón, finalmente comprenderías que todo este conjunto de palabras, no tiene otro propósito que demostrarte que soy real y que las cosas me duelen, que aunque parezca una sicópata paranoica con principio de esquizofrenia y un grado absoluto de histeria, la verdad es muy distinta...Si fueras capaz de dejar de ver tu ombligo y empezar a ver el mío, quizás terminarías por convencerte que definitivamente hay alguien más en este mundo que tú y tus problemas de ingratitud, incomprensión, egoísmo y superficialidad...Si fueras tan valiente como para hacer todo lo que te pido que hagas, no serías tú y toda esta nota se volvería sin sentido, aunque es muy probable que desde su inicio ya lo haya perdido...

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