En el oscuro tramo que separa tus ideas de mis sentidos
Se alimenta la esperanza incierta de un cambio en los roles
Algo así como ubicar las faldas en tu contorno
Y dejar tu poder ante la más fría intemperie
Algo así como ponerme tus pantalones
Y gozar por un minuto,
de la gracia extrema de poder decir que no.

Quisiera que la falda te cubriera de debilidad
Y que entendieras por qué me nace correr a tu lado
Quisiera que los pantalones dotaran de firmeza mis decisiones
Y que entendieras por qué debes estar cuando te necesito...

Que si no quieres, entonces yo tampoco
Que si no llamas, entonces yo no debo
Que si no vienes, entonces me desespero
Que si no me amas, entonces yo me muero.

Breve extracto de una experiencia personal que halla su punto de fuga en el choque con realidades literarias, sociales e históricas...

La herida dejará una cicatriz.
La cicatriz no se borrará.
No se olvidará la herida.
La cicatriz nos dejará señalados.
(Millán. Fragmento 64, 110. La Ciudad)

En la mañana del sábado 17 de mayo partimos rumbo a Curicó, el día poco a poco se fue nublando hasta terminar en una fuerte lluvia. Cuando ya íbamos llegando a la ciudad, le pedí a José, pololo de mi prima, que se desviara para sacarle fotos a la cárcel y para detenernos en el cementerio. José es nacido y criado en esa zona, por lo tanto se maneja bastante bien con los lugares y direcciones. Pasamos lentamente por la cárcel y apenas saqué la cámara para fotografiar, los militares que vigilan desde las altas casetas, salieron por la ventana a mirarme. Un poco temerosa por lo que pudieran hacerme o por estar infringiendo una ley que desconocía, me apuré en sacar fotos y subí a la camioneta prácticamente cuando ésta estaba andando.
A unas dos cuadras de la cárcel, para ser más precisa en la calle Freire nº 55, estaba el cementerio de Curicó. Como José conocía más el lugar, le pregunté si sabía de algún monumento que estuviera en memoria a los desaparecidos, me respondió que no, pero que consultaría en la oficina del administrador. Casualmente la oficina estaba cerrada, y la única persona que podía ayudarnos era una mujer de edad avanzada, muy arropada, sentada afuera de los baños del cementerio. José se acercó a hablar con ella, y a su regreso nos señaló el lugar en el que estaba dicho monumento. Y ahí lo vimos, estaba en el centro de un sector muy verde, rodeado de otras tumbas, con muchas flores y una llamativa corona de la CUT. Le saqué fotos, pero la verdad es que pensé que me encontraría con algo más magnífico, similar al muro que hay en el Cementerio General de Santiago.
Ya saliendo del cementerio, la misma mujer que nos había señalado el lugar del monumento nos retuvo para preguntarnos cuál era nuestro interés acerca de los detenidos desaparecidos. Yo me acerqué y le conté que estaba haciendo un documental sobre ese tema y que por esa razón había ido a fotografiar el lugar... me percaté que había lágrimas en sus ojos, y antes de decirle algo, ella comenzó a hablar.
Yo le puedo decir muchas cosas acerca del golpe militar...
¿En serio?, ¿Podría contármelas ahora? ¿Podría grabarla?.
Yo puedo hablar, pero no doy mi nombre... déjeme contarle la historia y después me graba...
(Yo no entendía como iba a grabarla después de que me contara la historia, pues me imaginaba que perdería la emoción del primer relato. De todas formas acepté sus condiciones.)
Esa mañana fui a trabajar igual que todos los días, como era de costumbre sintonicé la radio Portales, la mayoría de las informaciones tenían que ver con el golpe de Estado. La verdad es que ese tema me parecía distante, pensaba que algo debieron haber hecho los partidarios de la Unidad Popular para provocar a los militares. Mis nociones acerca de lo que pasaba en Santiago eran muy poco exactas, y prefería que fuera así, después de todo lo único que realmente me interesaba era cuidar de mis hijos.
De pronto escuché que daban un mensaje para los habitantes de la villa Pablo Neruda de Reñaca Alto, ese era el lugar donde yo vivía. Según esa información se decía que todos aquellos que tuvieran documentos de la JAB (distribuidora de alimentos de mi comunidad), debían concurrir a la Intendencia de Valparaíso. Yo no tenía nada que esconder, así que reuní todos mis documentos y fui al lugar señalado junto a mis hijos. Luego de una larga revisión a los papeles que llevaba, me retuvieron en ese lugar. No entendía qué pasaba. Mis hijos tenían hambre y yo debía volver al trabajo, le comuniqué todo esto al militar que parecía tener un mayor rango, y me respondió que no era necesario avisar a nadie. En ese momento empecé a vivir el terror.
“Sígame” me ordenó un joven soldado, apreté las manos de mis hijos, y caminé con ellos hasta el infierno. Pasamos por un túnel muy oscuro y de pronto llegamos al buque Prat. “Baje por aquí”, las escaleras eran eternas, y al pisarlas sonaban como un grito desencarnado. Entramos por una puerta, todo era demasiado oscuro. Allí me encontré con otras cuarenta personas, todos estaban tan asustados como yo. Pasaron las horas, nadie hablaba, había dos militares cuidando la puerta de entrada... ¡como si alguien se hubiese atrevido a enfrentarlos!. De pronto mi hija se puso a llorar, le pregunté que le pasaba y me respondió que quería ir al baño, con duda y mucho temor, me acerqué a uno de los militares para contarle lo que le pasaba a mi hija, éste comenzó a reírse. Después de mucho suplicarle ayuda, lo único que recibí fue una bofetada que me dejó inconsciente hasta el otro día.
Desperté y mi rostro olía a sangre seca, mis dos pequeños me miraban asustados. Observé a la gente que estaba a mi alrededor y descubrí que nadie se había sorprendido con la cachetada que me habían dado. Probablemente muchos de ellos ya habían pasado por ese rito de iniciación. Se notaba que las otras familias tenían tanto miedo como yo, había hombres muy bien vestidos, y lo crecidas que estaban sus barbas indicaban que estaban allí hace ya varios días. Había niños que eran más pequeños que los míos, había otros que aún no salían del vientre de su madre y ya estaban conociendo las atrocidades del hombre. Sumergida cada vez más en un pesimismo irritante sentí el sollozo de una joven. Guiada por el llanto silencioso la encontré, recogida, con sus manos apretando fuertemente sus piernas, y la cabeza hundida entre las rodillas. Tenía el cabello oscuro y muy largo, de piel morena, su contextura era delgada pero... levantó el rostro y me miró fijamente, asustada hice como que miraba hacia otro lado, y no le quise dar mayor importancia... al poco rato llegaron tres militares a darnos agua con petróleo, esa era nuestra única merienda. Nos contabilizaron y luego desaparecieron entre murmullos y risotadas.
No me di ni cuenta como aguantamos otro día más en ese lugar, mis hijos pasaban gran parte del día escondidos en mis faldas, mientras tanto yo, trataba de recordar el nombre de un oficial conocido que quizás podría prestarme ayuda. Pensaba que algo harían en el trabajo para rescatarme, yo nunca faltaba y menos sin avisar, el día que me tomaron detenida le avisé a mi jefe que debía ir a la Intendencia, y me daba esperanza saber que al menos una persona tenía conocimiento de mi último paradero. Así continué, especulando distintas formas de rescate afortunado, donde lograba salvar a mis hijos y recuperar la vida normal que siempre tuve... hasta que el llanto de la joven detuvo mi frágil momento de optimismo. La miré con más detenimiento y entendí cual era la razón de su llanto... estaba embarazada, a saber por el tamaño de su abdomen, debe haber tenido unos 7 meses de gestación. Sentí pena por ella, me acerqué dejando a mis hijos abrazados y conversamos largo rato. Su nombre era Alicia, apenas tenía 19 años. Me contó que el mismo día que fue detenida perdió a su pareja y padre de su hijo, este hombre era militante activo del partido comunista y los militares no tuvieron piedad en asesinarlo a sangre fría. La joven estaba hacía cuatro días allí, y a pesar de su estado de salud, no había recibido ni una mínima ración de comida. En el momento en que lograba estabilizar el ánimo de Alicia, sentí que alguien abría la puerta, corrí hasta donde estaban mis hijos y me dejé caer. Nuevamente agua con petróleo, no me atrevía a reclamar, pues no quería otro moretón en mi rostro.
El cuarto y quinto día la desesperación aumentó, no sabía como calmar el hambre de mis hijos, encontré un “tacho” de fruta en conserva y les pedí a mis niños que orinaran allí. La primera en hacerlo fue mi hija... ignorando cualquier tipo de repugnancia, le ordené que se bebiera sus orines. Lo mismo hizo mi hijo. Lo mismo hice yo... la sed se calmó. Al rato mis hijos lograron dormirse y yo comencé mi viaje hacia la salvación soñada. Casi por arte de magia recordé el nombre del oficial que conocía hace un tiempo y guardándome todo el odio y recelo hacia el militar que me había golpeado me dirigí hacia él. Le di el nombre del oficial y me miró extrañado: “¡espérate aquí!, ¡si me estay mintiendo mato a tus huachos!”, miré el suelo. Luego de unos momentos volvió el mismo militar y vi que a sus espaldas estaba el oficial que podría salvarme. Quise abrazarlo pero comprendí en su mirada un dejo de alejamiento y repulsión, me saludó guardando todas las proporciones y me entregó un pan con mantequilla... “por el momento no puedo hacer más”... me retiré y le repartí el pan a mis hijos, entendiendo de antemano que ya no contaba con la ayuda del oficial.
A la mañana siguiente me desperté con los gritos de Alicia, había cuatro militares a su alrededor y uno de ellos ordenaba a los otros que le dieran puntapiés en el vientre. La joven gritaba despavorida de dolor, los soldados gritaban de risa. “Basta” dijo uno de ellos, y los salvajes comenzaron a retirarse. Era como vivir en un mundo aparte. Nadie salía en defensa del otro, todos descansaban en su propia cobardía para así salvar lo que les quedaba de humanidad. Alicia sangraba y mientras trataba de limpiarle la sangre, me di cuenta del horror de la golpiza... el cuerpo del bebé colgaba por su vagina... morado, muerto... La muchacha lloraba y me pedía que la dejara sola, que moriría en cualquier momento, yo lo sabía... Inundada en sangre la mecía entre mis brazos, le decía que tuviera fe, que Dios era muy grande y que la salvaría... Alicia casi no hablaba, balbuceaba palabras sin sentido y su rostro palidecía cada vez más. Aún no comprendo como pude ocultar la pena que sentía por ella, tampoco sabía cómo aguantaba ver su sangre, la cual en otro momento de mi vida me habría hecho desmayar, menos entendía como le había dado los orines a mis hijos... para qué decir que nunca entendí como fui a convertirme en parte de la tortura...
Los que quieren seguir leyendo, escríbanme a mi correo.

Si te acercas a ese mínimo espacio en el que mis células se mueven, podrás entender que lo que yo hablo no es una simple queja ante lo obvio de la vida, es mucho más que eso...Si te acercas un momento a ver que ya no estoy como estaba ayer, sabrás interpretarlo como mi primer acto de rebeldía reprimida, que ya no es más ese silencio tortuoso de estar escondida y ser vista al mismo tiempo...Si te acercas por un instante y reconoces en los recovecos de mi mente una luz de decepción, de seguro concluirás que mi pena es mucho más que eso que tu creías importante, que es mucho más que eso para lo cual no estuviste...Si fueras capaz de acercarte a la privacidad de mi corazón, finalmente comprenderías que todo este conjunto de palabras, no tiene otro propósito que demostrarte que soy real y que las cosas me duelen, que aunque parezca una sicópata paranoica con principio de esquizofrenia y un grado absoluto de histeria, la verdad es muy distinta...Si fueras capaz de dejar de ver tu ombligo y empezar a ver el mío, quizás terminarías por convencerte que definitivamente hay alguien más en este mundo que tú y tus problemas de ingratitud, incomprensión, egoísmo y superficialidad...Si fueras tan valiente como para hacer todo lo que te pido que hagas, no serías tú y toda esta nota se volvería sin sentido, aunque es muy probable que desde su inicio ya lo haya perdido...

¿Qué es lo que hay detrás de mí? No lo sé, nada supongo. Te equivocas, no lo reconoces porque nunca lo has sentido, es ese espesor. ¿Qué espesor? Ese que recorre tu cuerpo cuando tienes miedo, hambre o tristeza. No sé de qué me estás hablando. No lo sabes porque tú no sientes. Claro, y tú crees sentirlo todo verdad, las sensaciones se agolpan a ti como si no existiera otro ser humano a quien acongojar, alegrar o persuadir, quién te crees. Soy incapaz de creerme, soy incapaz de hablarte de lo tangencial, si te atreves, puede contarte algo acerca de lo que es sentir. Como quieras.
Lo primero que debes saber es que sentir está lejos del orden que impone la cordura, es mucho más allá de no ser racional, y por ende, no tiene relación con lo irracional, no. Sentir se construye en un mundo aparte, que no juzga entre lo abstracto y lo concreto, sino que se atreve a perpetuar una extraña y desgarradora fusión entre lo que ocurre allá y lo que me está pasando acá. Sentir es un límite entre el decir, el escuchar y el entender, son todos ejes de un mismo trazo que se propone enviar información al estómago.
¿Al estómago? Sí, al estómago. Este sitio es el segundo punto que quiero explicarte, este corresponde al albergue donde desembocan cada una de las fusiones originadas por el hacer concreto y el entendimiento abstracto. El estómago es una especie de jefe, él es el que finalmente decide con qué rostro debemos dotar aquello que trascurre en el allá y en el acá. Es el que da la última palabra entre llorar y reír, entre hablar o callar, entre vivir o morir.
Algo alcanzo a entender, ¿podrías ser más claro? Podría sí, pero no creo que sea necesario, pues mi estómago dice que me estaría esforzando en vano, que explicarte todo el proceso de lo que elabora un sentimiento, para ti, sería materia perdida. Que muy poco logras vislumbrar hacia dónde se dirige la disyuntiva del sentir y el hacer, que no van de la mano, que no puedes hacer como que no existe, que no intentes disimularlo, que no le faltes el respeto a tu estómago, que sentir no es peyorativo como tú crees, que sentir no te hace más débil frente a nadie, que sentir jamás será suficiente si no te atreves, precisamente, a sentirlo. Que sentir es descubrir y que tú… tú no estás hecho para eso.

Luego de terminado un ciclo viene ese lapso incesante de cuestionamientos donde la principal disyuntiva es: detenerse o continuar. Y como por supuesto se trata de una decisión compleja, es de vital importancia realizar balances en ambos aspectos para determinar, finalmente, cuál de ellos es el más apropiado para concretar la utopía de una vida asentada en la felicidad.Hoy fue uno de esos días de balance. Me dirigí al lugar donde había sido invitada. Ya había otras personas allí. Me senté, como siempre, en un lugar estratégico que me permitiera ver, mirar y observar todo desde varias perspectivas. Altos, bajos, gordos, flacos, calvos y chascones, con lentes y sin ellos, todos distintos, pero al mismo tiempo motivados por un objeto común, por un producto antiquísimo que, para bien o para mal, es utilizado, reiterado, renovado y por qué no decirlo, rupturizado hasta el cansancio y más... el famoso decir del lenguaje.Dispositivos, masculinidad, urbe, costura: corte y confección, dominios, fantasías democráticas, si. Todo en el mismo saco. Palabras, personas y escritores. Estos últimos cumpliendo las funciones similares a un superhéroe que cree poseer una preciosa verdad, que debe reservarse de compartir completamente. Decir y no decir, porque la letra y la imaginería tienen que ser personales y ¡NO! me robes esta idea, porque sabes que soy mejor que tú. Variedad de palabras, variedad de premisas, todas encubadas en la mirada añeja de la imposición del otro.En esto estaba, así se produjo mi balance, con un poco de mucho y cero coma cinco milímetros de profundidad. Cabezas asintiendo, rostros simulando interés, sonrisas fingidas y aplausos presionados. Ellas y el público. Ellas y su verdad acerca de algo que no les es inherente como quisieran, o como pretenden creer algunos. Todo ese círculo agobiante, donde el asma es lo menos y la incertidumbre nos domina. Manejos, voces, discursos. ¿Desde dónde habla la escritura?Tengo esperanza de que no sea del sitio que hoy visité y de ser así, algo debo hacer para aportar al cambio, o de lo contrario, tendré que salirme de este camino contaminado por los que creen que hablando fuerte serán escuchados.

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